Ven y enloquece

Ven y enloquece
Hola, este año 2018 me voy a centrar en incorporarme al mundo “profesional” de la creación literaria. Eso se traducirá en que mi presencia en la blogosfera no será tan asidua como debería ser. No malinterpretes mi ausencia como desatención, atentoLector. GRACIAS

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martes, 8 de mayo de 2018

No bromeo con las cosas del comer

No bromeo con las cosas del comer ni con las del querer, por lo que no bromeaba hace unos días cuando escribí que nunca quise ser escritor.
De niño no me gustaba escribir. Los maestros de mi escuela, y me temo que los de casi todas, entendían la escritura como un aprendizaje basado en copiar textos.
Interior de cuaderno de escritura "Rubio"

Mi trastorno por déficit de atención siempre ha condicionado mi interacción social; y ese “siempre” nunca ha sido tan sempiterno como en el averno escolar: donde me endemoniaba el ser tildado de “atontado”, cuando la tilde de mi hiato recaía en mi acentuado despiste. A esta atención distraída se une mi natural rechazo al “ordena y mando”; por lo que no me cuesta admitir que hubo, hay y habrá veces en las que no es que esté en la inopia, es que no me da la gana de obedecer a desgana.
También debo reconocer que de niño me dolía mucho al no sentirme integrado, por lo que fue en esa época cuando más intenté amoldarme a lo que se esperaba de mí. Pese a que fue en esos años de escuela cuando más azucé con espuela mi atención, solía cruzar rezagado las metas educativas: me costaba copiar la literalidad de un texto sin cometer algún que otro despiste. Despiste que era interpretado por los docentes como una muestra indecente de mi desatención a sus órdenes. Por lo que me castigaban a copiar de manera repetida una frase o un párrafo. A mayor número de copias, mayor número de fallos por mi parte. Por lo que ese castigo escolar se convertía en familiar, dado que tanto mi madre como mi hermana acababan teniendo que repasar mis copias a fin de indicarme dónde aparecían nuevas faltas, para así intentar poner fin a esa redoma eterna que me convertía en un multicopista errático.

Y es que a mi aversión por lo monótono se une mi repulsión por lo absurdo; y de niño pocas cosas me parecían más absurdas que las normas gramaticales.
Yo copiaba repitiéndome en voz alta la frase a fusilar, lo que siempre conllevaba variaciones en aquellas repeticiones –de siempre he sido partidario de escribir las palabras como ellas suenan y no como otros las dicen. Pero en mis años de copiador eran otros los que mandaban en lo que escribía, y a su prejuicio amanerado lo que les entregaba era un amasijo de jeroglíficos, por lo que no tardaban en mandarme castigado a cualquier esquina del aula por mi escritura analfabeta del alfabeto. Tengo que admitir que una de mis primeras claudicaciones ante las leyes sociales se produjo frente a las normas gramaticales, que aprendí a destiempo y aplico a desgana. La cobardía, que no el convencimiento, explica que a día de hoy escriba con un estilo arcaizante.
Bueno, otra razón está en  mi eterna inapetencia por las corrientes y los vulgares. Pero esa desgana no se convirtió en virulenta hasta mis años de instituto; y sobre eso ya me enninaré en otro momento.
Gracias por la atención que dedicas a este despistado, amigaLectora.